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"La octavilla como epitafio"

Artículo publicado en El Correo de Andalucía del 6 de febrero. Con nuestro eterno agradecimiento.

Desde que se afilió a la Juventud Comunista hasta que ingresó en la Federación de Pensionistas y Jubilados de CCOO, Francisco Granados Salvador (el camarada “Macoco”, como lo llamaba su gente) fue un ejemplo de hasta dónde puede llegar el más humilde de los hombres con la más sublime de las ideas. Ayer, al morir, un caudal de pésames (sentidos, conviene precisar) se extendió por entre toda la familia del activismo izquierdista sevillano, que perdía a uno de sus zapadores más hacendosos, sencillos y eficientes.

No hará tanto, apenas tres años y medio, que le pusieron una calle tan sencilla y obrera como él mismo, en el barrio de Santa Teresa. La pompa municipal no pudo evitar rotularla como Francisco Granados Salvador, y no como Camarada Macoco, porque hasta para ponerle una calle a un zapador con las botas y las manos llenas de barro de andar por ahí luchando por el prójimo, se le cita con su nombre y sus dos apellidos, en vez de con el mote de trinchera. Pero por muy disimulado que quedase detrás de su verdadera identidad, por mucho que fuese en una apacible barriada popular, ahí estaba él, igualado en dignidad con los demás miembros de un nomenclátor rebosante de nobles, reyes, curas, alcaldes, militares, alegorías y vírgenes.

Fue entonces cuando el ahora exconcejal Antonio Rodrigo Torrijos, hecho unas castañuelas, decía de su homenajeado amigo Francisco que representaba “la abnegación, la solidaridad y la fraternidad”. Fue el propio Macoco quien, en su discurso de aceptación, dijo: “nunca pensé que un día como este llegaría”. Para añadir después: “¿Qué he hecho yo para tal merecimiento? Tan solo tratar de ser justo, de ser solidario, de ser corresponsable con mi clase, tener conciencia y obrar en consecuencia, indignarme con las desigualdades”. Pagó por ello el precio que  en sus tiempos (si es que no vuelven de nuevo) se pagaba por incordiar con las ideas: la persecución y la cárcel. Como muchos otros correligionarios. 

Si los jóvenes revolucionarios de ahora ponen en su currículum el inglés nivel medio y conocimientos de informática nivel usuario; los de entonces, muchos de ellos, ponían su historial penitenciario: era lo que tocaba. Pero en el caso de Macoco, según se comentaba anoche en sus círculos íntimos, el precio que pagó fue mucho mayor. Al parecer, de las torturas recibidas durante sus detenciones, de aquellas descargas eléctricas con que lo reventaban por repartir octavillas y otras actividades de agitación y propaganda, le quedó una afección bronquial, un problema cardiorrespiratorio que arrastró desde entonces y que finalmente ha aculado su adiós, a la edad de 83 años. 

No se le conocía otra enfermedad que esta herencia por la represión y el castigo de su activismo político. Hoy, en la incineración de este viejo militante de la lucha contra el régimen de Franco, en la despedida de este defensor de los desfavorecidos y los humildes, a las 13.45 horas en el cementerio de San Fernando, han prometido su presencia muchos de esos camaradas de los que ya van quedando menos, por los estragos de la edad y de los castigos sufridos. «En mi vida solo he hecho lo que tenía que hacer», dijo Macoco, aquel día en que le pusieron su calle. No sabía que estaba escribiendo su epitafio, ni que este bien podría servir como octavilla en un mundo aún necesitado de botas dispuestas a ensuciarse y de manos tendidas que ayuden.


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